viernes, 28 de agosto de 2009

El león, la bruja y el ropero.

Autor: C. S. Lewis
Editorial: Andrés Bello / Destino
Disponibilidad: ALTA
*****
Si hay un libro que me pareció una tomada de pelo es esto. “El león, la bruja y el ropero.” Lewis roba de todos lados para crear la historia de cuentos de hadas más trillada desde Cenicienta, que pese a lo que diga Ron Weasley no es una enfermedad. Chistes aparte, el éxito de Narnia se basa en una gran campaña marketinera, una historia simplista y una película bien hecha. Generalmente para las adaptaciones cinematográficas le quitan cosas, acá tuvieron que agregarle de tan simple que es la novela.
Por otro lado, el libro tiene falencias increíbles. El uso de lugares comunes que no lo son, como el león explicando porque resucita en la piedra y que la magia que la bruja ignoraba. Lo cuenta como si todos supiéramos que eso pasaría y una hubiera otra posibilidad. También parece que fumó sustancias extrañas cuando aparece el farol en medio del bosque o la participación especial de Papa Noel. Claro que esto no es nada, contando con que Narnia es un gran panfleto religioso. El león que es Jesús, que resucita al haber muerto por un traidor, el regreso de la Navidad, etc. Son solo algunos de los elementos propagandísticos berretas que aparecen en este intento de fantasía heroica. Este aspecto de la novela es una de las discusiones que tenían con Tolkien, imponer burdamente los metamensajes religiosos. Esto y la aparición de este robo a la Biblia, al Hobbit, etc; fue lo que enfrió la relación entre ellos dos. Un autor que no le llega ni a los talones al autor del señor de los anillos.
Menos no le puedo poner. Más tampoco.
Mi puntaje: 3 libres.
Reseña encontrada:
“Cuatro hermanos son enviados a pasar las vacaciones a la casa de un viejo profesor a las afueras de Londres. La casa es enorme y por lo mismo solitaria, por lo que Pedro, Susana, Edmundo y Lucía no tienen otra compañía que ellos mismos.
Un día en el que no podían salir deciden explorar la casa. Encuentran un pequeño cuarto vacío, con tan sólo un antiguo ropero con espejos. Los niños se van, menos Lucía, que quería ver que había dentro. Al revisar encuentra varios abrigos de pieles, al adentrarse más siente una segunda corrida de abrigos, pero no toca el fondo. Sigue avanzando y de pronto se da cuenta que ya no está entre abrigos, sino que entre árboles, y que ya no pisa madera, sino que nieve. Camina un poco más y sale de un bosque, y junto a un farol encuentra a un fauno.”

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