miércoles, 16 de diciembre de 2009

El loco.

Autor: Khalil Gibrán.
Editorial: Varias.
Disponibilidad ALTA.
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Nunca voy a dejar de estar agradecido con aquel que me hizo conocer a Gibrán. Este chico atendía un kiosco cerca de donde trabajaba y nos prestábamos historietas de Oesterheld, Breccia, etc. Un día me trajo un libro de poemas, no de historieta, lo cual me sorprendió. Me dijo que ya sabía que podía estar desilusionado pero que le hiciera caso y lo leyera. Ya había leído muchos poemas en ese último tiempo y no tenia muchas ganas, pero acepté. El libro contenía cuatro escritos de Khalil Gibrán, uno de ellos era el loco. La cuestión fue que me partió la cabeza como ningún otro poeta había hecho antes. Que un autor como ese escribiera de esa forma me impresionó. La claridad y agudeza, su cuota de critica ético-religiosa y su, a las claras, bagaje intelectual fueron algo que no pude pasar por alto. Con esto, creo que digo lo más importante de este autor, seas de la religión que seas y creas en lo que creas, o no lo hagas en absoluto; Gibrán no debe dejar de leerse por lo menos uno de sus libros. Supuestamente forma parte de una trilogía, junto con el vagabundo, otra famosa obra. La facilidad y frescura con la que se lee esta obra evidencia una necesidad de llevar un mensaje claro, sin medias tintas ni eufemismos. El autor de Oriente Medio da para mucho y este es un buen punto de partida.
Mi puntaje: 8 libres.
Reseña encontrada:
“Me preguntaís por qué enloquecí. Fue así. Un día, mucho antes de que nacieran algunos dioses, desperté de un profundo letargo y descubrí que me habían robado todas mis máscaras. -Sí, las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscaras por las calles atestadas de gente, gritando: "¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!". Hombres y mujeres se reían de mí. Y al verme, algunas personas, llenas de horror, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó: "¡Miren! ¡Es un loco!". Alcé la cabeza para mirarlo y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro y mi alma se encendió de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y, como si fuera presa de un trance, grité: "¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!" Fue así que enloquecí. Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden nos esclavizan. Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón."

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